La Reconquista

Introducción

Tradicionalmente, el término "Reconquista", fruto de la visión romántica de la historia, se ha venido asimilando a la idea de una gran gesta cristiana o cruzada peninsular tejida de episodios heroicos, que concluyó con la recuperación del territorio hispánico del dominio islámico. Los estudios actuales, huyendo de las justificaciones de otro tiempo, intentan, ante todo, explicar y reconstruir de un modo veraz, acudiendo a las fuentes documentales, los hechos pretéritos acontecidos entre las primeras décadas del s. VIII y finales del s. XV, un periodo de casi ochocientos años durante el cual, y en un proceso de ritmos dispares se producen cambios en el territorio hispano en los más diversos ámbitos (poder, economía, cultura, religión e, incluso, paisaje), todos ellos integrados en un fenómeno ideológico o de representación mental también cambiante en sus matices, puesto que engloba y trata de explicar el proceso que es considerado como el de la recuperación del suelo hispano para el dominio de los príncipes cristianos.

La idea de "reconquista" supone la de una "conquista" previa, en el sentido de que se vuelve a tomar lo perdido, lo que antes fue conquistado, y alude a una recuperación legítima y legitimada desde el providencialismo histórico -los cambios históricos responden a juicios de Dios- y sobre la base del goticismo astur contenido en las denominadas Crónicas asturianas, ciclo cronístico de Alfonso III de Asturias y León (866-910), cuya utilización como fuente histórica presenta muchas dificultades, pues constituyen un buen ejemplo de la elaboración de un pasado para la justificación de un presente, en este caso el de los cronistas, cuyos intereses son los del monarca Alfonso III, quien, desde el solio regio ovetense acepta el ideario de considerarse llamado a recuperar los territorios hispanos bajo dominio musulmán y también a tener la supremacía sobre los otros poderes cristianos de la Península.

El goticismo astur, clave legitimadora de la Reconquista, está elaborado con ideas de clara raigambre isidoriana, a las que se suman esperanzas religiosas y políticas surgidas en ambientes cristianos de al Andalus. Remitiendo a la España visigoda, es preciso tener en cuenta que Recaredo (586-601), al abjurar del arrianismo y abrazar la fe católica, fue aclamado por los obispos reunidos en el III Concilio de Toledo (589) por haber conquistado la gens de los godos para la Iglesia Católica, cumpliendo con ello la misión del príncipe católico. Así Juan de Bíclaro lo considera un nuevo Constantino, artífice de la devolución de la paz a la Iglesia. Más fue Isidoro de Sevilla el responsable de dotar de fundamentos ideológicos al reino hispano-visigodo. La obra histórica isidoriana se presenta en dos versiones, lo que ha generado muchos problemas de crítica textual, con varias propuestas no siempre coincidentes y ninguna suficientemente probada, aunque ambas fueron divulgadas bajo la autoridad de la firma isidoriana.

En la versión Historia Ghotorum, el origen de los godos, al igual que en la obra del historiador Jordanes, se vincula a los escitas ("Es cosa cierta que el reino de los godos es antiquísimo, ya que surgió del reino de los escitas"), mientras que en la version Historia Ghotorum, Vandalorum et Suevorum, se recoge la tradición de su descendencia de Gog o Magog, de quien habla el profeta Ezequiel ("El pueblo de los godos es antiquísimo. Algunos los creen descendientes de Magog, hijo de Jafet, por la semejanza de esta última sílaba, y, sobre todo, porque lo deducen del profeta Ezequiel"), interpretación que habría de posibilitar la adaptación de la visión profética de Ezequiel a los asuntos hispanos.

San Isidoro ensalza al pueblo godo, que obtuvo victorias por todo el orbe y ante el cual cedieron valerosos personajes, pueblos y hasta barreras naturales, como la firme mole de los Alpes, lo que explica que le hayan servido tantos pueblos, entre ellos la propia Hispania, cuya dominación presenta el obispo hispalense mediante el recurso a la imagen amorosa: "[...]la floreciente nación de los godos, después de innumerables victorias sobre todo el orbe, con empeño te conquistó (a Hispania) y te amó y hasta ahora te goza segura entre ínfulas regias y copiosísimos tesoros en seguridad y felicidad de imperio". De este modo, el mensaje isidoriano, dirigido, sobre todo, a la comunidad antaño provincial hispana, a la que él mismo pertenece, es el de la legitimidad del poder ostentado por personas de un pueblo ajeno, en principio invasor, pero digno de encomio, y con un príncipe cristiano, protector de la Iglesia y dispuesto a desempeñar la misión espiritual encomendada. En definitiva, a partir de Recaredo, Hispania se presenta tejida por la patria, la fe y los godos

Pero lo más probable es que la elaboración isidoriana de intento de visión colectiva quedara circunscrita a la élite cultural monástica y clerical, a juzgar por la débil cohesión de que da muestras la sociedad hispánica, en general, ante la invasión musulmana. De hecho, es ya bien conocido que la realidad social y política de la Hispania visigoda tenía grandes fisuras que le conferían también gran debilidad, lo que quedó constatado en la facilidad con que el poder visigodo sustituyó al visigodo. No obstante, la excelente exposición de una concepción hispánica, en la que destaca la importancia de la armonía entre el poder político y la Iglesia, quedó plasmada en el escrito, que más tarde, sería inspirador de añoranzas. En efecto, los nuevos dominadores eran gente de religión no cristiana y de diferentes pautas culturales, por lo que la vida social peninsular había de organizarse a partir de nuevos supuestos.

Ante el avance musulmán se imponía la elección entre resistencia o integración; todo hace suponer que la segunda opción fue la más generalizada, pues se conocen pactos -otros se infieren- por medio de los cuales los cristianos, como "gentes del Libro", se acogieron a la protección del poder musulmán, e incluso hay datos de familias aristocráticas que abrazaron casi de inmediato la religión de los dominadores, con lo que se colocaron en una posición óptima no solo para mantener sus privilegios, sino también para aumentarlos, como la familia del conde Cassius o Qasi, que dio origen al poderoso linaje muladí de los Banu Qasim del valle del Ebro.

El autor de la Crónica mozárabe de 754 ya da cierta voz de alarma y anima a mantener firmes las creencias cristianas en situación adversa; en el s. IX, en el contexto político andalusí del emirato independiente, la curva de conversión al Islam elaborada por Robert Buillet muestra una fuerte alza. Por otra parte se hallaban los que, aún profesando cristianismo, se integraban en el por entonces sugestivo fenómeno cultural de la arabización, y que, previsiblemente, más bien a corto que a largo plazo, acabarían también islamizándose, como ya había ocurrido en los territorios de antigua raigambre cristiana.

En tal coyuntura, el abad Speraindeo encabezó una reacción cultural que pretendía evitar el olvido de la cultura latina, tanto la eclesiástica como la clásica pagana, mientras que uno de sus discípulos, el clérigo Eulogio, lideraba el movimiento de mártires voluntarios, en el que él mismo participó perdiendo la vida, emulando a los mártires de los tiempos de Roma que, con su sangre, acabaron convenciendo a sus perseguidores, algo que no llegó a producirse en el emirato cordobés.

No obstante, Eulogio dejó en sus escritos la añoranza de una sociedad bajo un príncipe cristiano, remitiendo al modelo de la Hispania visigoda, en la que florecía la cristiandad, la cual, "por los altos juicios de Dios", había caído en manos de un poder no cristiano. A Eulogio le preocupaba la libertad de la Iglesia y, aprovechado el malestar de los cristianos cordobeses por las subidas de las cargas tributarias, pretendía explicar una situación, cuyo cambio deseaba y por el cual no escatimó su propia sangre, recurriendo al providencialismo histórico.

Dicho providencialismo fue aplicado al campo ya estrictamente político en el texto que se incluyó en la Crónica Albeldense y que Gómez Moreno advirtió que consistía, en realidad, en otro texto cronístico, que él denominó Crónica profética, probablemente surgida en ambientes mozárabes toledanos; en ella, el reino visigodo no es solamente un llorado modelo de tiempos mejores para los asuntos cristianos, como en el caso de Eulogio, sino una realidad llamada a resurgir.

En efecto, a partir de la consideración del origen del pueblo godo en Gog, se adapta el contenido de la profecía de Ezequiel referente a Gog, sustituyendo a Israel por Ismael como primer antepasado de los árabes; según esta profecía, al cabo de ciento setenta años de dominación, los godos se verían libres de la dominación musulmana. Ambas esperanzas, la religiosa y la política, concretadas en la liberación de la cristiandad y en la restauración del reino visigodo en el marco hispánico según el modelo isidoriano, se dan cita en las Crónicas Asturianas, esto es, la Crónica Albeldense y la Crónica de Alfonso III, en sus dos versiones conocidas: la Crónica Rotense y la Crónica de Sebastián.

Alfonso III y el providencialismo

Alfonso III culminó una fuerte capacidad expansiva mostrada por la formación política norteña que, en principio, libre del dominio musulmán, fue capaz de ir consolidando formas más complejas de dominio e integración de territorios, proceso claramente observable en tiempos de Alfonso II (783,791-842), el cual, desde la sede regia de Oviedo, parecía haber logrado el equilibrio entre la zona oriental de su reino -quizá a causa de sus vínculos familiares con los vascones, pueblo del que procedía su madre- y la occidental, puesto que dio el espaldarazo oficial a la creencia de que los restos del apóstol Santiago se hallaban inhumados en tierras gallegas.

El monarca, aunque sufrió ofensivas por parte de los monarcas cordobeses adentrados en tierras del reino asturiano, fue capaz de infligirles derrotas como la de Lutos, (Asturias, 794), y de arriesgarse en lejanas expediciones, como la de Lisboa (794) y la de Toledo (824). Ordoño I (850-856), también cosechó derrotas, pero, sin embargo, salió victorioso de la batalla de Albelda (La Rioja, 859) y, finalmente, Alfonso III, pese a los problemas internos de su reinado, bien directamente o por medio de condes bajo su autoridad, tomó las plazas de Oporto (868) y de Coimbra (878) y obtuvo la victoria de Polvoraria (Benavente, 879), con la colaboración de Navarra y de los poderes muladíes de Mérida y Toledo, enfrentados con el poder cordobés. Parece que fueron las victorias de Alfonso III las que dieron pie a la esperanza del rechazo total del poder islámico en la Península.

Tal dominación se interpreta en clave providencialista: los godos han sido castigados, pero el castigo, al igual que el de Israel en la cautividad de Babilonia, habría de tener su fin; concretamente aplicando el texto de Ezequiel, había de durar ciento setenta años, cuyo cumplimiento coincidía con el reinado de Alfonso III, pues se lee en la Crónica Profética que "también los propios sarracenos, por algunos prodigios y señales de los astros, predicen que se acerca su perdición y dicen que se restaurará el reino de los godos por este príncipe nuestro, el glorioso don Alfonso, reinará en tiempo próximo en toda España".

En definitiva, el príncipe cristiano anhelado por Eulogio había de recuperar el reino de los godos, por lo que también había de tener supremacía sobre el resto de los núcleos cristianos peninsulares. La Crónica Albeldense, al final del texto dedicado a Alfonso III, relata que "el ya nombrado Ababdella no deja de enviar constantemente embajadores buscando la paz y la gracia de nuestro rey, pero ya se hará los que plazca al Señor", clara muestra de que, en la mente de los cronistas, ya había sido concebida una lucha de carácter providencial; providencialismo que, a su vez, aportaría legitimidad a la contienda.

Para la explicación providencialista se recurre también a la responsabilidad de Witiza (702-710); en otros textos se añade Rodrigo (710-711), de manera que los cronistas no se decantan por el bando que tendría la legitimidad para ocupar el trono visigodo, pues serían los pecados de estos monarcas los que habrían propiciado el castigo divino sobre el pueblo godo, al que, sin embargo se seguía ensalzando y para el que se procuraba inocencia, sosteniendo que era todo el pueblo el que sufría por los pecados del rey. En definitiva, Witiza y Rodrigo serían los responsables de la pérdida de Hispania, de cuya salvación o salus ya sería artífice Pelayo (718-737), victorioso en la batalla de Covadonga (Asturias, 722), presentada como paradigma de la lucha providencial. El autor de la versión A Sebastian de la Crónica de Alfonso III, al retrotraer el goticismo hasta Pelayo, presenta a este último como descendiente del linaje regio visigodo, con lo que, a la legitimidad basada en la interpretación providencialista de la historia, se suma la de la legalidad jurídica. De este modo, no todo el reino godo habría caído en la ruina, ya que de él se preservó un resto que, casi simultáneamente al desastre del ejército visigodo en la batalla de Guadalete (711), tiene lugar su restauración en Covadonga, pues pone en boca de Pelayo, cuando se apresta a comenzar la lucha: "Pues confiamos en la misericordia del Señor, que desde este pequeño monte que tu ves [al obispo Oppa] se restaure la salvación de España y el ejército del pueblo godo".

Se acepta unánimemente que Alfonso III recibió el programa goticista contenido en los textos históricos del final de su reinado; acerca del goticismo de Alfonso II no hay unanimidad de interpretaciones. También es conocido que Alfonso III logró victorias sobre los musulmanes, pero no consiguió su expulsión del solar hispánico ni el dominio sobre los demás príncipes cristianos, sino que, por el contrario, hubo de enfrentarse con dificultades políticas en su propio reino e, incluso, con problemas de sucesión; no obstante, cuando la sede regia se trasladó a León, la idea de una lucha legitimada en el ámbito religioso por el providencialismo -en cuanto que los reyes leoneses, como continuadores de los asturianos, lo eran también de los visigodos- ya estaba plenamente configurada, para continuar intentando ampliar el territorio cristiano a costa del andalusí; aunque es obvio que había en ello fuertes intereses económicos y sociales, el nivel imaginario no debe ser, en absoluto, minimizado.

Con Alfonso III, la frontera entre los espacios cristiano y musulmán quedó fijada en el Duero; Sampiro, cronista de los reyes leoneses, relata con sobriedad los esfuerzos de estos monarcas para intentar el avance, así como las dificultades sufridas por parte de Almanzor, quien, según todo parece indicar, no deseaba tanto recuperar territorios cristianos como cobrar sustanciosos botines para financiar el Estado cordobés, y mantener en él su posición, ganándose el apoyo político de la plebe cordobesa, al no tener que recurrir a gravarla con tributos impopulares.

La conflictiva sucesión de Alfonso III -Sampiro explica cómo sus propios hijos participaron activamente en su destronamiento- abrió una etapa de separación de los dominios de Asturias, León y Galicia; fue Ordoño II (914-924) quien logró unificar finalmente esos territorios, aunque sin anular por completo unas tensiones siempre prontas a manifestarse. Desde la sede de León, que había sido el cetro de poder de su hermano García I (910-914), Ordoño II emprendió diversas ofensivas contra los musulmanes en el territorio de Mérida -venció en San Esteban de Gormaz (Soria, 917), pero fracaso en Valdejunquera (Navarra, 920)- mientras que Ramiro II (931-951) protagonizó la defensa de la frontera del Duero y la ampliación de esta hasta el Tormes.

Sin embargo, sucesivos reyes leoneses se vieron sometidos al dominio de Almanzor, quien, en ocasiones, actuó como verdadero árbitro de asuntos internos del reino cristiano, acosado por fuertes enfrentamientos nobiliarios, como las rebeliones contra Vermudo II (985-999) en Asturias y los encontrados intereses de gallegos, navarros y Castilla, ya convertida en un principado feudal. El resultado final se inclinó en favor de los navarros, cuya dinastía alcanzó el poder en Castilla y León en tiempos de Sancho III el Mayor (1000-1035), rey navarro cuyo reino -en palabras del historiador Luis Martín- "se extiende desde Zamora hasta Barcelona". Dejando por el momento la línea del reino astur-leonés, cabe aludir a los otros núcleos peninsulares, cuyo protagonismo en la empresa de la expansión cristiana peninsular iba en franco aumento, aunque, como se expondrá más adelante, no compartían el sistema imaginario de la Reconquista que emanaba del reino astur-leonés.

Se trata de los núcleos del Pirineo navarro, aragonés y catalán. En primer lugar, la guarnición visigoda de Pamplona (Navarra), aunque bajo dominio musulmán, parecía tener al frente una familia de la aristocracia nativa; tras un primer acercamiento a los francos, se establecieron alianzas, por medio de matrimonios con los Banu Qasim del valle del Ebro, hasta que, a mediados del s. IX, se constató el acercamiento al rey Ordoño I de Asturias y León, también mediante alianzas matrimoniales, como la de Alfonso III el Magno (866-910) con Ximena, perteneciente a la familia Jimena, que inauguraría la monarquía navarra. Sancho I Garcés (905-925) incorporó el núcleo aragonés y realizó diversas incursiones por tierras de Estella (Navarra), hacia donde adelantó su frontera; junto a Ordoño II de León, sufrió la derrota de Valdejunquera y tomó la villa de Nájera (La Rioja).

Personalidad sobresaliente en Navarra es la reina Toda, quien aprovechó su parentesco con Abderramán III (912-929) para afianzar en el trono navarro a su hijo García II Sánchez I (925-970). La reina Toda, según escribe el historiador J. Carrasco, fue "artífice de alianzas matrimoniales para la conjunción de intereses de los reinos cristianos". Dicha conjunción de intereses políticos y familiares se plasmó después en el frente común de leoneses, castellanos y navarros frente al mismo califa Abderramán III, al que vencieron el la Batalla de Simancas, (Valladolid, 939); esa política matrimonial, así mismo, acabó colocando a la dinastía navarra en el trono castellano-leonés.

En cuanto a los núcleos pirenaicos orientales se trataba de condados que se hallaban bajo dominio de carolingios, quienes, hacia la mitad del s. IX, ya solían nombrar condes de la aristocracia local, como es el caso de Wifredo el Velloso, que recibió los condados de Urgel, Cerdaña, Barcelona y Gerona y que, posteriormente, rompió sus vínculos con los carolingios. Consecuencia de las divisiones hereditarias fue el hecho de que tan solo se mantuviera unido un núcleo frente al conde barcelonés: los condados de Barcelona, Gerona y Ausona, que constituyen la base de la formación de la futura Cataluña. Estos condados fueron víctimas de las expediciones de Almanzor, quien en 985 castigó con dureza a Barcelona.

A su muerte Sancho III el Mayor -según afirma José Luis Martín, basándose en el estudio de la documentación navarro aragonesa-, parece que no dividió el reino entre sus hijos, sino que se limitó a confirmar el gobierno de Castilla, Aragón, Sobrarbe y Ribagorza a Fernando I, Ramiro I de Aragón y Gonzalo, quienes en el plano jurídico dependían de un único rey: García IV Sánchez (1035-1054). Tales intenciones, sin embargo, no se plasmaron en hechos, pues los hijos de Sancho III el Mayor actuaron como reyes independientes y se opusieron a las pretensiones de García IV Sánchez; Ramiro I de Aragón se sublevó contra él en Aragón en 1043, y Fernando I, quien dominaba en Castilla desde 1035 y en León desde 1037, lo hizo en 1054.

Califato, Taifas y Almorávides

En el ámbito cordobés, los sucesores de Almanzor, quizá a excepción de uno de sus hijos, no lograron mantener el poder adquirido, por lo que la institución califal, ya en crisis, entró en un franco declive que derivó en la fragmentación de los reinos de taifas, cuyos respectivos soberanos pertenecían a diferentes etnias; en este contexto los reinos carecían de fronteras fijas y se hallaban enfrentados entre sí, toda vez que anhelaban su expansión a costa de sus vecinos. Fernando I de Castilla y León, tomó, a partir de 1055, Viseo y Lamego, además de numerosas plazas fuertes, lo que le permitió ejercer su autoridad sobre los musulmanes, interviniendo en las querellas entre los reyes de taifas, a los que cobraba tributos por su protección, política que continuó su hijo, Alfonso VI (1065-1109). Abdállah b. Buluggin, último rey zirí de Granada (1077-1090), dejó constancia en sus Memorias del sagaz y frío cálculo político de Alfonso VI para sacar el máximo partido posible de tal situación.

En efecto, el rey castellano aceptaba que, cuanto más se enfrentasen entre sí los reinos de taifas y cuanta mayor rivalidad hubiera entre ellos, tanto mejor sería para él, puesto que así podría obtener dinero de todas las partes en conflicto, pues, actuando como árbitro de la situación, procuraba sacarles continuamente dinero para que se debilitasen, de manera que acabaran entregándose espontáneamente, como estaba pasando en Toledo. El interés del relato de Abdállah reside también en que en él se ofrece la legitimación de la lucha cristiana, en el sentido de su expresión en los salones palaciegos granadinos, por parte de los diplomáticos cristianos.

En concreto, del conde Sisnando, enviado por Alfonso VI a Granada, había explicado al propio Abdállah "de viva voz" que "al Andalus era en principio de los cristianos hasta que los árabes los vencieron y arrinconaron en Galicia [Asturias se incluía en Galicia, antigua demarcación provincial romana que aún utilizan los musulmanes], que es la región menos favorecida por la naturaleza. Por eso, ahora que pueden, desean recobrar lo que les fue arrebatado, cosa que no lograrán sino debilitándoos y con el transcurso del tiempo, pues, cuando no tengáis dinero ni soldados, nos apoderaremos del país sin ningún esfuerzo". Se advierte que la justificación providencialista y legitimista elaborada cuidadosamente en los escritorios eclesiásticos se simplificaba en los ambientes políticos, en los que quedaba entendida la irrenunciable reivindicación de recuperar lo que fue propio.

Alfonso VI cumplió parte del programa expuesto por el rey granadino, en tanto que trató de evitar la pérdida de vidas cristianas y derrochar gastos en enfrentamientos bélicos; por el contrario, ganó mucho dinero en forma de tributos -las parias-, que le pagaban los príncipes musulmanes enfrentados entre sí. De este modo, grandes sumas de oro andalusí se canalizaron hacia los reinos cristianos en general; especialmente jugosos fueron los beneficios del castellano-leonés, que obtenía parias de poderosos reinos andalusíes, como Sevilla, Granada y Toledo, reino este último que acabó poniéndose en sus manos en 1085. Los restantes reinos de taifas no siguieron el camino del de Toledo, pues el nuevo poder africano de los almorávides se decidió a intervenir en al Andalus; con el pretexto de la relajación y la desviación de la práctica islámica en los reinos andalusíes, acabaron tomando el poder y deponiendo a sus soberanos.

Los almorávides, impulsados por el fervor de la guerra santa. eran excelentes guerreros y causaron serios reveses al rey cristiano en Sagrajas o Zalaca (Badajoz, 1086) y Uclés (Cuenca, 1108); tras la muerte de Rodrigo Díaz de Vivar el Cid Campeador (1099), los musulmanes recuperaron Valencia, aunque no tardaron también en verse subyugados por la próspera y culta vida andalusí, cayendo en el mismo relajo de costumbres que habían venido a enderezar, sin que, por otra parte, llegaran a cumplir el encargo para el que habían sido llamados: arrancar Toledo del dominio cristiano.

El paso de Toledo a manos cristianas causó un fuerte impacto en el ámbito ideológico, en cuanto que dio un nuevo impulso al goticismo, ya que se había tomado la antigua capital, epicentro político y religioso se la Hispania visigoda. Alfonso VI se tituló "emperador de toda España" y, al dirigirse al soberano musulmán de Sevilla, "emperador de ambas religiones". El anónimo autor de la denominada Historia Silense constituye un excelente ejemplo de incidencia en el goticismo, pues declara como intención de su obra "escribir selectamente las hazañas de Alfonso VI ortodoxo emperador de España [...] oriundo de la prosapia de los godos; tuvo gran fuerza en designios y en armas [...] cuanto ánimo hubo en este para ampliar el reino de los españoles y hacer guerra a los bárbaros [musulmanes] enumerando una a una las provincias arrancadas a sus sacrílegas manos y devueltas a la fe de Cristo".

Mientras Alfonso VI adoptó una sagaz práctica política, el autor de la Historia Silense se esforzó en mostrar las legitimaciones ya tradicionales en el esquema ideológico de la Reconquista -su vinculación con los reyes visigodos a través de los leoneses y asturianos, y su participación en la lucha providencial-, aunque, como se ha puesto de manifiesto, Alfonso VI tuvo más éxitos con su astucia que a través de los enfrentamientos bélicos. En este texto historiográfico, expresivo del nivel ideológico, el providencialismo se muestra, incluso más palpable, pues se hace eco de la leyenda sobre los perfiles bélicos adoptados por Santiago, combatiente en apoyo del rey asturiano Ramiro I (842-850) como caballero de blanco corcel y estandarte del mismo color en la legendaria Batalla de Clavijo (844).

Avances cristianos en el XII

En los territorios del Oriente peninsular, la frontera cristiana avanzó de manera considerable en tiempos de Alfonso I de Aragón y Navarra (1104-1134), admirador de las órdenes militares del Temple y del Hospital, quien contó con el apoyo de caballeros del otro lado de los Pirineos, que consolidaron la ideología de cruzada, ya presente en la campaña de Barbastro (Huesca). Sus empresas bélicas dieron como principales resultados la conquista de Zaragoza, Tudela (Navarra), Tarazona (Zaragoza) y una amplia zona de los valles del Jalón y del Jiloca. Su discutida e incumplida voluntad de legar su reino a las órdenes militares dejó abierto el camino a la unificación de Aragón y Cataluña en el llamado reino de Aragón o Corona catalano-aragonesa, que finalizó por esta época la acción conquistadora en su zona de influencia.

En 1151, Alfonso VII de Castilla y León (1126-1157) y Ramón Berenguer IV (conde de Barcelona, 1131-1162, y príncipe de Aragón, 1137-1162), firmaron el tratado de Tudillén (Fitero, Navarra), según el cual la zona levantina debía quedar en manos de los aragoneses, y la meridional, de los castellano-leoneses; en términos similares, Alfonso VIII de Castilla (1158-1214) y Alfonso II de Aragón (1162-1196) firmaron el tratado de Cazola (Jaén, 1179). Por su parte, Portugal consolidó su independencia práctica del reino castellano-leonés. En Castilla y León, Alfonso VII (1126-1157), hijastro del Batallador, llevó a cabo diversas hazañas guerreras que fueron recogidas en la Crónica Adephfonsi imperatoris, cuyo autor pertenece a los círculos cluniacenses, por lo que, aparte de la referencia al imperio toledano, no incide en el goticismo, sino en el providencialismo, incluido en la idea, inteligible en tales círculos de cruzada, de lucha contra el infiel. Según el autor de la crónica imperial, la Virgen María y Santiago figuran como intercesores del bando cristiano, sin que se incluyan maravillosas apariciones en combate por parte del apóstol.

Por otra parte, el anónimo cronista hace hincapié en la supremacía de Alfonso VII sobre los otros reyes cristianos peninsulares, evidenciada por el título imperial que, aunque vinculado a León, el autor apoya en "el imperio toledano" y el la analogía con Carlomagno, pues también alude a su posición en la cúspide de la sociedad feudal: "reuniéronse los caudillos hispanos y francos; por mar y tierra desean guerrear con los moros. El caudillo de todos fue el rey del imperio toledano; este era [Alfonso VII] que ostenta el título de emperador siguiendo las hazañas de Carlos [Carlomagno], al que corresponde equipararle. Por eso cuando algún noble o rey hispánico se enfrentaba con Alfonso VII, tal enfrentamiento era considerado un acto de rebeldía y deslealtad, en tanto que se trataba de un levantamiento "contra su señor". Alfonso VII incrementó el espacio cristiano con la toma de Coria (Cáceres) en 1142 y, con la ayuda de una flota genovesa, ocupó Almería (1147), aunque no por mucho tiempo. Hacia el último cuarto del s. XII, entre 1171 y 1173, los almorávides, que, como ya se ha señalado, habían caído en el mismo relajo y la misma disgregación que habían venido a remediar, fueron dominados por otro imperio norteafricano, los almohades, gestado en torno a un intento de purificación de la fe islámica y en el que tuvo gran importancia la corriente mística de los sufíes.

Grandes avances en el XIII

En principio los almohades obtuvieron distintas victorias que les permitieron detener el avance cristiano, como es el caso de la que infligieron a Alfonso VIII en Alarcos (Ciudad Real) en 1195; sin embargo, al resultar derrotados en la batalla de las Navas de Tolosa (Jaén, 1212) por una coalición cristiana encabezada por el monarca castellano, quedó abierto el avance por el valle del Guadalquivir y por la región murciana. Tras esta victoria de las tropas cristianas, Alfonso IX de León (1188-1230) tomó Cáceres (1227), Mérida (Badajoz, 1230) y Badajoz (1230). Fernando III (1217-1252), bajo cuyo reinado se unieron definitivamente las Coronas de Castilla y León en 1230, protagonizó la rápida dominación del valle del Guadalquivir con la toma de Córdoba (1236), Jaén (1246) y Sevilla (1248), y dejó la responsabilidad del sometimiento de Murcia a su hijo, Alfonso X el Sabio (1252-1284), quien, a su vez, en el trono, tomó Cádiz (1262) y Murcia (1265). En el reino aragonés, mientras tanto, Jaime I el Conquistador (1213-1276) tomó Mallorca (1229-1232), Ibiza (1235) y consiguió la sumisión de Menorca; posteriormente, en 1238, llevó a cabo la conquista de Valencia. En la línea sur se produjeron algunos desencuentros entre Aragón y Castilla, a los que puso fin el tratado de Almizra (1244), que reservaba la tierra de Alicante para la conquista castellana.

Documentación y escritos

Durante esta etapa la Reconquista quedó plasmada, principalmente. en tres escritos: el Chronicon Mundi, de Lucas de Tuy; la Historia rebus Hispaniae, de Rodrigo Jiménez de Rada, y la Crónica General elaborada por mandato de Alfonso X y bajo su supervisión. Lucas de Tuy escribe ya cuando las coronas de León y Castilla se hallan unidas en la persona de Fernando III, pero lo hace desde el punto de vista leonés, a todas luces luces debido a su relación con la iglesia de San Isidoro de León, santo al que introduce en la gesta reconquistadora con un protagonismo similar al de Santiago. En efecto, en el relato del tudense, San Isidoro se aparece a obispos y a reyes; así p. e., en la batalla de Badajoz se hace presenta a Alfonso IX "el bienaventurado Santiago con muchedumbre de caballeros", mientras que San Isidoro lo hace ante el mismo monarca en Zamora, prometiéndole que,"se llegaría con ejército de santos" a la campaña de Mérida. Además de hacer compartir protagonismo a San Isidoro y el apóstol Santiago, Lucas de Tuy explica el considerable avance cristiano en los siguientes términos:

O quam bienaventurados estos tiempos [de Fernando III], en los cuales tiempos se ensalça la fe católica y se corta la maldad herética, y las cibdades y castillos de los moros son destroydos con cuchillos fieles, pelean los reyes de Espanna por la fe, y en cada parte vençen; los obispos y los abades y clerecía hedifican monasterios y los labradores, syn miedo, labran los campos, crían ganado y gozan de paz y no hay quien los espante",

lo cual es una evocación a la Hispania isidoriana, unida en la fe, aunque ya se intuye también la ideología trifuncional del feudalismo, la armonía entre los estamentos de guerreros, monjes y clérigos, y entre trabajadores, en concreto, los campesinos. Los guerreros liderados por el monarca abrían cumplido su misión de procurar el ambiente propicio para el crecimiento de la Iglesia, la prosperidad económica y la paz social. Otros matices de la idea de Reconquista se advierten en la obra de Rodrigo Jiménez de Rada, arzobispo de Toledo, el cual se muestra interesado, sobre todo, por el goticismo en el ámbito eclesiástico, ya que su principal empeño es la defensa de la primacía de la sede toledana en el territorio peninsular, como había sido en tiempos del reino hispano-godo de Toledo, con lo que el obispo ocupante de la sede primada podría intervenir en los asuntos eclesiásticos peninsulares por encima de las fronteras políticas de los distintos reinos.

Por lo tanto, al obispo historiador parece que no le interesa remover la faceta política del goticismo en el reino astur ni el asunto jacobeo, a fin de evitar cualquier sombra de duda sobre los derechos -en su opinión exclusivos- de la sede toledana. La obra del toledano es una historia peninsular: los reyes cristianos hispánicos, excepto Alfonso IX de León, por enemistad con el castellano, acuden a librar la gran batalla contra los almohades en las Navas de Tolosa.

Toledo, lugar de concentración previa, "comenzó a atiborrarse de gentes, sobreabastecerse de lo necesario, significarse por las armas, distinguirse por los atuendos, pues el ardor de la batalla hacían confluir en ella una diversidad de pueblos de casi todos los rincones de Europa [...] la diversidad de sus orígenes los hacía distintos en costumbres, hablas y atuendos [...] aumentaban por días el número de los que lucían en su cuerpo la cruz de Señor", es decir, cruzados. De hecho, en esta obra se advierte que la legitimación goticista ha sido sustituida ya claramente por la de la cruzada contra el infiel, idea de la que participaron los reinos peninsulares y, sobre todo, los caballeros ultrapirenaicos, así como los miembros de las órdenes militares del Temple, Calatrava, Hospital y Santiago. De otro lado, aparte de que a San Isidoro no se le incluye en el relato, también hay silencio sobre Santiago.

Ciertamente, el toledano es poco proclive a los elementos maravillosos, pero Santiago ni siquiera es invocado al comienzo de la lid; su protagonismo cede ahora ante el de Santa María, pues al campo de batalla se acude con la "imagen de la cruz del Señor que solía tremolar delante del arzobispo de Toledo" y "en los estandartes de los reyes figuraba la imagen de Santa María, que siempre fue protectora y patrona de la provincia de Toledo y de toda España". Rodrigo Jiménez de Rada considera la Reconquista como empresa de los reinos peninsulares y, aunque navarro de origen, apunta a la hegemonía castellana. Le tocó vivir el rápido avance de Fernando III por el valle del Guadalquivir; tal ampliación del territorio cristiano ya no la valora en términos astur-leoneses de "salvación de España", sino en los de que "había sido devuelto a España la antigua dignidad". La obra del toledano fue escrita en latín, pero se conocen casi inmediatas traducciones a algunas de las lenguas romances peninsulares.

En cambio, la Crónica General, elaborada por mandato de Alfonso X, fue escrita ya en el romance de Castilla y su objetivo es "el fecho de Espanna", aunque dividida en diferentes reinos; junto con los cristianos, también los musulmanes son protagonistas de esta historia. En último término, de lo expuesto se deduce que la idea de Reconquista experimente modificaciones desde la época del monarca asturiano Alfonso III; no en vano, son varios los siglos trascurridos, se ha abandonado la idea imperial leonesa y se ha asumido la idea de cruzada, aunque la legitimación elaborada en el reino astur, en el sentido de que se está recuperando lo que fue propio, continúa vigente. En cuanto al goticismo en los núcleos pamplonés, aragonés y catalán que, tras muchos avatares -concretados en alianzas y rupturas con los carolingios, con los Banu Qasim del valle del Ebro, con los reyes asturianos y leoneses y con el poder califal-, cristalizaron en los reinos de Navarra y en el de Aragón o Corona catalano-aragonesa. José A. Maravall pone de manifiesto que en tales formaciones políticas, incluso en sus formas incipientes, existía también la idea de recuperar lo que era propio.

Así, la Crónica Pinatense trata del empeño de navarros, aragoneses y condes de Barcelona en luchar contra los sarracenos; por otra parte, según el fuero de Navarra, la Reconquista pasa de un extremo a otro de las montañas norteñas, a lo que añade que, en los documentos catalanes, se recoge siempre la actitud de lucha, de restauración de la tierra bajo el dominio cristiano. También en lo que Cataluña concierne, el citado autor pone de relieve como, sobre todo en las fuentes francas, se expresa la continuidad goda, mediante la denominación terra Gothorum y, para dirimir asuntos eclesiásticos, suele recurrirse a alegaciones extraídas de la tradición visigoda; sin embargo, no hay programa goticista, puesto que, p. e., en la Gesta comitum Barcinonensis no se incluye la continuidad de la herencia goda en los condados pirenaicos, en concreto en el de Barcelona.

Será ya en fecha muy tardía, en el s. XV, cuando, ya asumida la fase preislámica, según el relato de Jiménez de Rada, se cuente que, tras la invasión musulmana, del mismo modo que en Asturias surgió Pelayo, lo hizo, en el lado catalán, Otger Cátalo, quien, ayudado por nueve barones, rescató la tierra de los sarracenos. En Aragón, el cronista Vegad hace al primer caudillo aragonés "godo real y de sangre de reyes godo venido".

Grave crisis en el XIV

A finales del s. XIII, en el conjunto de Occidente, comenzaron a sentirse síntomas de un freno de crecimiento; posteriormente, en el s. XIV, se declararon catástrofes generalizadas. En este contexto, en Castilla, la acción reconquistadora se detuvo, por lo que el único enclave árabe peninsular, el reino nazarí de Granada, permaneció durante dos siglos. Tan solo se acometieron algunas campañas, como la conjunta de Fernando IV de Castilla (1295-1312) y Jaime II de Aragón (1291-1327), quienes acordaron el respectivo ataque a Algeciras y a Almería, que se saldó con la toma de Gibraltar, que volvió a perderse en 1333. Más tarde, Alfonso XI (1312-1350) proyectó un ataque a Granada, que, finalmente, se dirigió al control del Estrecho; de este modo logró conquistar Algeciras (Cádiz, 1344) y poner sitio a Gibraltar donde murió en 1350, víctima de la peste negra.

La conquista de Granada

Por su parte, el infante Fernando, tío del monarca Juan II (1406-1454), emprendió una ofensiva contra Granada, pero tan solo logró conquistar Antequera (Málaga, 1410); la hazaña se rodea de un halo de evocaciones caballerescas que le proporcionan fama a Fernando, que será llamado de Antequera y elegido por los compromisarios de Caspe como monarca de Aragón (1412-1416) Enrique IV (1454-1474), a principios de su reinado, también proyectó un desgaste de los granadinos, pero Granada subsistió gracias a sus fortificaciones y a que la corona castellana se vio sumida en un sinnúmero de conflictos durante los siglos XIV y XV, materializados en una guerra civil, la de Pedro I (1350-1369) y su hermanastro Enrique de Trastámara (1369-1379), y en múltiples enfrentamientos entre la poderosa nobleza del reino y la monarquía.

Por otra parte, la frontera entre Granada y el ámbito cristiano fue escenario continuo de cabalgadas bélicas, de trasiego de espías, pero también de intercambios mercantiles y de fuente de inspiración de romances fronterizos. El emirato granadino se había reconocido vasallo de Castilla en 1246, había acogido parte de la población musulmana de los territorios limítrofes, ya tomados por los cristianos, de manera que, a excepción de grupos de mercaderes, sus habitantes eran prácticamente todos de confesión islámica, aunque, ya a mediados del s. XIV, el emirato había quedado aislado de otras formaciones políticas musulmanas. Isabel I de Castilla (1474-1504) y Fernando II de Aragón (1479-1516; rey consorte de Castilla. 1474-1504) decidieron acometer el dominio de ese último reducto islámico peninsular, aunque solamente fuera, como señala Miguel ángel Ladero, una acción previsora ante el creciente poderío turco en el Mediterráneo oriental y en los Balcanes, ya que había tomado Constantinopla, con la conmoción que tal hecho había causado en Occidente.

Aunque los turcos no mostraban un interés inmediato por el Mediterráneo occidental, tal situación podría cambiar, pudiendo entonces prestar apoyo al emirato granadino a través de los territorios norteafricanos. Los monarcas no escatimaron recursos para acometer la conquista de Granada, en la que el empleo de la artillería fue de suma eficacia para abatir la red de fortalezas situadas en las montañas, que constituía el principal sistema defensivo del emirato. La guerra fue planteada como cruzada, circunstancia que contribuyó para conseguir dinero para las largas campañas anuales. Las fuertes ofensivas contra zonas vitales del reino granadino, así como los enfrentamientos internos, a causa de las luchas en torno al poder en el emirato, permitieron el éxito de la empresa de los soberanos cristianos, que culminó el 2-I-1492, cuando recibieron la Alhambra de manos de Muhamad XI Boabdil, acontecimiento que puso fin a la dominación islámica en España.

La idea de recuperación de lo que había sido propio subsistía: curiosamente el goticismo es nuevamente expresado con cierta fuerza en la historiografía coetánea, ya que, ante el juicio de algunos humanistas italianos, autores castellanos, como Alfonso García de Santa María, combinaron los orígenes clásicos de Hispania con los góticos.

La repoblación de territorios

Los reinos cristianos, en su progresiva expansión sobre el territorio peninsular, experimentaron las transformaciones generales de todo el Occidente medieval, en concreto la cristalización del orden feudal, en cuyo seno se produjo un notorio crecimiento demográfico y económico, nació un nuevo urbanismo que concentraba la economía artesanal y mercantil incentivada por nuevos ordenamiento jurídicos, y se asistió al nacimiento y a la consolidación de las monarquías feudales. La Hispania que, a principios del s. VIII, había sido dominada por los musulmanes constituía un único reino con sede en Toledo; sin embargo, a lo largo del proceso reconquistador, surgieron varios reinos cristianos que no solo enfocaron su potencial bélico frente al Islam, sino a enfrentamientos entre sí por cuestiones fronterizas y sucesorias.

Por otra parte, el avance cristiano no implicó un mero cambio de poder, pues, en primer lugar, territorios cuya población era mayoritariamente musulmana se convirtieron en zonas de mayoría cristiana; además, se produjeron importantes cambios de carácter económico, social e institucional. Este proceso, íntimamente ligado al de Reconquista, recibe el nombre de "repoblación"; al tratar de esta actividad en la cuenca del Duero, en el ámbito del reino astur, es preciso aludir a un largo debate historiográfico que gira en torno a la aceptación que se da al término "poblar", derivado del latín populare. Sánchez Albornoz lo entiende en el sentido de instalar población, por lo que propone la existencia de una ancha zona desierta en la cuenca del Duero en la que se llevó a cabo la instalación de pobladores, promovida por los reyes asturianos.

En cambio, Menéndez Pidal atribuye al término populare el sentido de organización administrativa, de inserción de la población en la órbita de un poder, por lo que no deduce la existencia de un total vacío poblacional en el referido espacio. Los estudios actuales parecen confirmar, a partir de los datos del registro arqueológico, la hipótesis de Menéndez Pidal de la permanencia en la cuenca del Duero de un poblamiento, a todas luces de escasa densidad, que se mantuvo independiente del poder político astur y, desde la marcha de los beréberes en 740, también del cordobés.

José María Mínguez considera conveniente no solo hablar de repoblación, sino también de "colonización", en el sentido de roturación y puesta en cultivo de terrenos, indicando que ello, en muchas ocasiones, responde a iniciativas privadas, mientras que, a su juicio, la repoblación consiste en el dominio político y la consiguiente organización administrativa de un territorio no necesariamente carente de población. Así, en la zona oriental de la cuenca del Duero, las fuentes documentales proporcionan información sobre particulares que emprenden la acción colonizadora. De igual modo, algunos núcleos urbanos, como León, parecen tener habitantes antes de la repoblación oficial de Ordoño I. En definitiva, el referido autor constata que, de acuerdo con los datos documentales, la iniciativa privada de grupos de pioneros fue colonizando el territorio y la repoblación oficial lo fue integrando en el conjunto político del reino astur, frente a las tesis contrarias, según las cuales el poder político incentivó la colonización del territorio y fue consolidando la frontera.

No cabe duda de que la colonización debida a la iniciativa privada desempeñó un importante papel en el reino astur-leonés y también en los valles de los núcleos pirenaicos. El procedimiento colonizador consistía, básicamente, en que los derechos de propiedad sobre tierras baldías y sin dueño se obtenía mediante su roturación -lo que se denomina pressura en el reino astur y aprissio en los condados pirenaicos-. La pressura no solo era practicada por grupos familiares de campesinos, sino también por monasterios y grupos aristocráticos que, al contar con mano de obra servil, podían ocupar grandes extensiones de terreno; aparte de que colonos, en principio libres, fueron entrando en dependencia de la aristocracia laica o de los señores eclesiásticos, monasterios y catedrales.

En el reino astur la repoblación oficial se inició con Ordoño I tras la restauración de Tuy (Pontevedra), Astorga (León), León y Amaya (Burgos), a las que siguieron las de Toro (Zamora), Zamora y Dueñas (Palencia); así mismo se fundaron conocidos monasterios, como el de los Santos Facundo y Primitivo (Sahagún, León). Cuando la frontera se estableció en el Tajo, pasó al ámbito cristiano Toledo, ciudad con economía artesanal y mercantil y poblada por musulmanes, cristianos y judíos. En ella se ensayó la convivencia entre los tres grupos de religiones bajo dominio cristiano, para lo que Alfonso VI estableció la legislación pertinente, que incluía el respeto a los edificios de culto no cristiano. Sin embargo, pronto surgieron disensiones, no solo con la población islámica -la aristocracia islámica abandonó la ciudad-, sino, incluso, entre los mismos cristianos, entre mozárabes de rito hispánico y castellanos y francos de rito romano. Tampoco acompañó el éxito a Alfonso VII en su pretensión de conseguir la armonía de las tres religiones mediante la promulgación de un fuero general para Toledo. Por lo que respecta al distrito toledano, la empresa repobladora coincidió con el auge urbano, por lo que no resulta extraño que se procediera a la creación de concejos con sus villas, cabecera de los distritos rurales.

A estos concejos les fueron otorgados fueros u ordenamientos jurídicos claramente ventajosos, que supusieron, por tanto, un fuerte atractivo a la población. Medina (Valladolid), Sepúlveda (Segovia) y Olmedo (Valladolid) son solo algunos ejemplos de estos nuevos núcleos, que, por su emplazamiento cercano a la frontera, tuvieron que formar sus propias milicias, de tal manera que los vecinos con capacidad económica para adquirir y mantener un caballo y armas habían de participar en la función defensiva, lo que iba a suponer una oportunidad de aumento de prestigio y de riqueza, y en definitiva, de ascenso en la escala social. Al sur del Tajo, los almorávides y, posteriormente, los almohades, con sus victorias, hicieron la frontera fluctuante y peligrosa, circunstancia que explica, en parte, el papel de las órdenes militares, en la repoblación de este territorio, pues también debe tenerse en cuenta el deseo que animaba a los monarcas de favorecer a estos monjes guerreros, que orientaron el espacio a la ganadería, con lo que se convirtieron en uno de los grandes grupos propietarios de rebaños de ovejas.

En el reino aragonés, la repoblación siguió unas pautas similares a las de los reinos centrales, si bien con algunos matices diferenciales, pues pasaron a dominio cristiano ciudades densamente pobladas, como Zaragoza, y se establecieron plazos determinados -generalmente fijados en un año- para que los musulmanes abandonasen el centro urbano y se estableciesen extramuros de la ciudad. Por lo que a las zonas rurales respecta, en ellas permaneció un alto número de campesinos musulmanes; en cuanto a las zonas fronterizas, también se concedieron fueros para atraer pobladores, a los que se respetaba sus derechos de origen, como es el caso de Calatayud (Zaragoza) y Teruel. La actividad repobladora implica un fuerte desplazamiento de gentes que solo es posible por una coyuntura de crecimiento demográfico. Por ello, cuando la tendencia se invierte, como ocurrió pasada la primera mitad del s. XIII, el impulso repoblador se hace más lento, circunstancia que se constata en la incorporación al dominio castellano de las fértiles vegas del Guadalquivir y Murcia.

Fernando III y Alfonso X aplicaron el modelo concejil del sur del Duero, pero, como advierte J. María Mínguez, sin un punto de partida igualitario y posibilidades internas de promoción social, sino atendiendo, desde el principio, a las diferencias sociales existentes, pues las cesiones a los pobladores eran de dos categorías: si éstos eran nobles, recibían donadíos, formados por varias aldeas; por el contrario, si eran de nivel social inferior, se les asignaban heredamientos, una o más casas y tierras orientadas al cultivo del cereal y, en menor medida, de viñas, olivares y hortalizas. En el reino de Aragón se observa el poder de su nobleza en el conjunto social del reino, ya que, en la repoblación de Valencia, p. e., se procede en único provecho del estamento nobiliario.

En cuanto a la situación posterior a la toma de Granada, incluso con las capitulaciones, el proyecto de la corona era establecer pobladores cristianos, circunstancia favorecida por leyes que limitaban actividades por parte de los musulmanes, como, p. e., la compra de casas en la ciudad de Granada, y en la generalidad del reino se apreciaba una progresiva y fuerte disminución de población musulmana; según M. A. Ladero, se calcula que, entre 1485 y 1499, la entrada de pobladores cristianos, a medida que avanzaba la conquista y ya una vez finalizada fue muy intensa, quizá entre treinta y cinco mil y cuarenta mil, junto con sus familias, que se vieron beneficiados por los repartimientos; por otra parte, los monarcas implantaron en el territorio del antiguo emirato la estructura concejil. Por lo que respecta al ámbito ideológico, la lucha providencial estaba concluida y su legitimación aun se fundamentaba en el pasado hispanogodo; así lo expresa el cronista de los Reyes Católicos, Hernando del Pulgar, cuando escribe que, "era notorio por todo el mundo que las Españas en tiempos antiguos fueron poseídas por los reyes sus progenitores, y que si los moros poseyan agora en España aquella tierra del reyno de Granada, aquella posesión era tiranía y no jurídica."